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Confiar: la clave del destete

Soy de una familia en la que la lactancia materna es muy importante, dar el pecho era lo natural, lo mejor y cuando me convertí en madre tenía la convicción de querer amamantar a mis hijos. No había duda alguna, no había desconfianza en la leche, no había dificultad que no pudiese superar por lograr el objetivo de amamantar. Fui afortunada, emocionalmente estaba preparada para dar el pecho, pues confiaba en mi capacidad de hacerlo y en que eso era lo mejor. Y así tuve una lactancia maravillosa, que sacó lo mejor de mí en muchos ámbitos de mi vida y me permitió una conexión única con ellos. Descarto la idea de que este vínculo fuese sólo gracias a la lactancia, en ningún caso, pero no niego que ese escenario favorece la intimidad, la cercanía física y la satisfacción de necesidades del niño/a de una forma que a mí me enamora.

Sin embargo, nadie me preparó para el momento en que te planteas el destete. Especialmente con mi segundo hijo, cuya lactancia fue más “prolongada”.

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Columnas

Los hijos olvidarán

Texto reproducido de TodosEnFamilia
Foto: Jude Freeman

El tiempo es un animal extraño. Se parece a un gato, hace lo que le da la gana. Te mira astuto e indiferente, se marcha cuando le suplicas que se quede y se queda inmóvil cuando le pides por favor que se vaya. A veces te muerde mientras ronronea o te araña mientras te besa.

El tiempo, poco a poco, me liberará de la extenuante fatiga de tener hijos pequeños. De las noches sin dormir y de los días sin reposo.

De las manos gorditas que sin parar me agarran, me escalan por mi espalda, me cogen, me rebuscan sin restricciones ni vacilaciones. Del peso que llena mis brazos y dobla mi espalda. De las voces que me llaman y no permiten retrasos, esperas, ni vacilaciones.

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Columnas

La maternidad como un espejo

Por Loreto Hagar*
@revolucionutricional

Mi primera maternidad llegó cuando me creía resuelta, segura de lo que quería y de lo que era capaz; estaba tranquila con mi camino y mi misión, sin miedos. La vida fluía y yo la disfrutaba, todo andaba bien. Entrar a este mundo y mantenerme por un tiempo ahí con mi primer hijo, lo viví de forma tan intensa y desbordante de felicidad, que no me dio tiempo para cuestionarme mucho. Sin embargo, intuía que algo había, algo que me inquietaba. Una inconformidad permanente por algo que no me dejaba ser al 100%. Entonces no lo podía ver.

Creo que eso que permanecía latente, hizo que con mi segunda hija las cosas fueran distintas. Desde la semana 23 de embarazo estuve en reposo y ella tuvo alergia alimentaria desde los 3 meses de edad. Hubo instancias dolorosas, intensas, pero que al mismo tiempo me han mantenido 15 meses en casa, conmigo y con mi familia: mi compañero de vida y mis dos hijos. Hoy ya casi de salida de este proceso intenso de crecimiento personal por sobre todo, pero también de pareja y de familia, les puedo compartir mi experiencia.

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La llave que descubrí

Antes de ayer, a la hora de dormir, mi hija que ya tiene 1 año y 7 meses estaba HIPER activa, pero con sueño. Estábamos acostadas, con la luz apagada. Le canté, conté cuentos, dejé que gastara su energía recorriendo la cama o intentando jugar al caballito con el gato, volví a cantarle y nada. Tenía sueño, pero no podía dormir. “A veces las guaguas mañosean porque les cuesta conciliar el sueño”, me dijo mi sabia madre cuando mi hija tenía uno o dos meses de nacida, la mejor lección. Ayer era uno de esos días.

Entonces, la acurruqué junto a mí y muy intuitivamente comencé a hablarle de modo lento, calmado, susurrando, como cuando se entra a una meditación: “vamos a cerrar los ojitos… Vamos a respirar… Vamos a sentir cómo el cuerpo se relaja… Vamos a descansar, a dejar que nuestra mente y cuerpo descansen”. Listo. Se durmió en tres o cuatro minutos, lo juro. Pensé que había sido coincidencia, que simplemente ya había llegado el sueño. Pero ayer, al hacerla dormir, le conté un breve cuento y me fui directo al grano: voz de meditación, palabras de relajación. Listo, no me demoré más de 3 minutos. Fue bien impresionante.

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Lactancia materna en primera persona 

Si me hubiesen preguntado hace un año que expectativas tenía con mi lactancia, habría respondido que esperaba dar seis meses pecho exclusivo -de preferencia en un horario amigable- y luego comenzar a destetar de alguna rápida y mágica manera que surgiría sin dolor para ninguno de los dos… Supongo que somos muchas las que hemos imaginado cosas de nuestra maternidad que luego quedaron en el olvido.

En mi caso pronto cumpliremos un año de lactancia exclusiva, a demanda y no hay planificado destete aún. Ha sido un año de esfuerzos, de algunos contratiempos de los que nunca leí hasta que sucedieron: como la segunda noche de alta demanda en la clínica, las crisis de lactancia, la extracción en mi trabajo para continuar la lactancia exclusiva, entre otros, pero sin duda ha sido una lactancia maravillosa, que me ha llenado de satisfacciones y aprendizajes que me han movilizado de tal manera, que hoy estoy terminando mi formación como asesora de lactancia materna, tan sólo porque estoy convencida de que la lactancia es un factor protector inigualable en la primera infancia. No sólo es nutrición, sino toda la nutrición que nuestros niños necesitan hasta los seis meses de forma exclusiva y hasta los dos años o más de forma complementaria. La leche materna es inmunidad, como órgano vivo, “trasplanta en el niño menor la experiencia inmunológica de su madre adulta”. Esta experiencia biológica es única e irremplazable y marca la salud de nuestros hijos a lo largo de toda su vida. 

La leche materna no es en ningún caso “el apego”, pero la lactancia materna es un escenario inigualable en el que podemos cubrir las necesidades afectivas y de protección de nuestros hijos y en que sí, podemos ser una figura de apego y fomentar un apego seguro en nuestros hijos; pero el apego es mucho más que esto y es bueno desmitificarlo por todas las madres que no han podido o no han querido amamantar. Sigue leyendo “Lactancia materna en primera persona “

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Cosas que aprendí con mi segundo hijo

Mi hija mayor tenía apenas algunas semanas y un comentario que me quedó grabado a fuego fue el de una prima que con su mejor tono me dijo “…y uno cree que con el segundo es más fácil, pero NO”. No le tomé importancia en ese momento, pero recuerdo haber pensado que eso era imposible; imposible que no fuese más fácil con el segundo… El momento llegó casi 13 años después y, lejos de poder definir si ha sido más fácil o no, hoy reflexiono acerca de las cosas que he aprendido en esta segunda maternidad.  Sigue leyendo “Cosas que aprendí con mi segundo hijo”

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Por el derecho de mi hija a ser amamantada

Por Yannina Aliaga, abogada / 

Durante las primeras semanas de vida de nuestra pequeña Julieta, una de las principales limitaciones para retomar la rutina y volver a la “vida civil”, fue el tema de la lactancia. Decidir amamantarla no fue algo fácil, ya que la libre demanda no distingue hora y mucho menos lugar, sin duda que pierdes independencia y libertad, por lo que entiendo perfectamente a aquellas madres que por diversos motivos no pueden o no quieren hacerlo. Porque amamantar puede ser una tarea titánica, seas madre primeriza o no. Aparte de tener que acomodarte forzadamente en una plaza o café, intentar lograr el acople perfecto para evitar que la guatita se le llene de aire, debes soportar las miradas lascivas de hombres (sí, es terrible) e inquisitivas de mujeres que de solidaridad con el género poco saben. Pero créanme que soportar eso y atreverme a sacar la pechuga en cualquier lugar, hoy lo hago con la plena convicción que no se trata de un derecho conquistado por modernas mujeres, sino que del derecho de mi hija a ser alimentada con leche materna cada vez que tenga hambre. Un derecho del niño o niña, protegido por la Convención Internacional de Derechos del Niño, ratificada por Chile y por tanto con carácter obligatorio y vinculante para el Estado y todos sus ciudadanos.

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