Columnas

Por qué salí del clóset con mi lactancia

39c0d848-bae3-4a33-8c43-2834f51910cfMi madre siempre me contó con orgullo cómo se las arreglaba para ir a la sala cuna y amamantarme, cuando yo era una guagua de pocos meses. Ella, una veinteañera universitaria, cruzaba todo el campus para llegar a darme la pechuga. Hace 35 años la leche materna no estaba en el apogeo, como ahora, y la leche de vaca -clásicos como Purita o Nido- era la solución más al alcance de la mano. Pero mi madre tenía la fuerte convicción de que la lactancia materna era lo mejor y me dio seis meses de pecho exclusivo, tiempo que, para la época, era una hazaña.
Yo no tenía más pretensión que llegar a los 10 meses, máximo, con mi hija. Me parecía que era un tiempo prudente, suficiente. Máximo -pero MÁXIMO-, llegar al año. Pero hoy llevo 15 y no veo al destete como algo pronto a llegar.
No fue fácil al comienzo.
Mi hija se agarró perfecto cuando nació, pero a los 13 días comenzó a soltarse de la pechuga, llorando despavorida, como si algo le molestara.

No tenía idea qué era lo que pasaba. Me asesoré por expertos en lactancia: me dijeron que podía ser que me salía mucha leche y se espantaba con el chorro, que me salía poca, que quedaba con hambre. Muchos expertos en lactancia tienen fijaciones obsesivas con la postura y el agarre, algo que ya (con mi humilde experiencia de amamantamiento) no comparto en lo absoluto. Pero en ese momento me esforcé por llegar a la técnica perfecta, porque a ningún experto se le ocurrió lo que debería haber sido evidente: le dolía la guata. Descubrimos que había una alergia alimentaria, yo comencé una dieta libre de alergenos y jamás volvió a soltarse de la pechuga.
No fue la perfección de la técnica la que nos sacó la angustia a ambas, sino algo tan sencillo como la alimentación. De ahí en adelante, la lactancia fue tremendamente fluida.
Adscribí sin tapujos a la libre demanda: dónde y cuando fuera, cuando mi guagua quisiera. Con mi personalidad, la cosa sin horarios me resulta bastante más fácil. Y comencé a descubrir que tanto ella como yo disfrutábamos de la lactancia de una manera extraordinaria e íntima. Uso la pechuga para el hambre, el sueño, la pena, el juego, la alegría. Un chupete, dirán algunos. Y qué tanto, les diré yo. Un chupete que venía conmigo y del que sale un brebaje a través del cual le paso anticuerpos, antígenos y calidad nutricional de primera. Pero -más allá de eso- un chupete que no solo le acomoda a ella. A MÍ TAMBIÉN.
Hace dos meses, cuando mi hija cumplía un año y yo me reintegraba al mundo laboral, contraté a una asesora de destete. Me preguntó qué relación tenía yo con la lactancia, e insistió mucho en preguntarme si yo de verdad quería destetar. Sí, le respondí yo. Quería comenzar, y que se demorara un par de meses, que fuera respetuoso. Pero cada vez que intentaba alguno de los tips para hacerlo (tema de un futuro post), no me sentía cómoda, ni menos me imaginaba abandonando esos minutos felices: tiradas las dos en la cama, jugando, riéndonos, con pechugas al aire de por medio. No por ahora, al menos. Y comencé a darme cuenta que no quería empezar a destetar. Que solo quería hacerlo por tener a mano la respuesta para quienes me preguntaban “¿y aún estás dando papa?” y yo decirles que estaba comenzando a destetar. Como si esa explicación me defendiera del juicio ajeno y me permitiera desencasillarme de la hippie-full-lantacia que no quería ser frente a nadie. Porque la lactancia es algo íntimo. Y, a la vez, también requiere de una postura frente a la sociedad, que uno no tiene por qué defender si no lo desea. Me empelota que me encasillen como mamá esclava de la teta ni me siento llamada a defender la lactancia. LO HAGO PORQUE A MI HIJA Y A MÍ NOS FASCINA. Y así como no ando juzgando a nadie por dar relleno, no quiero que me juzguen a mí por llevar una lactancia extendida.
Lo que digo ahora es que salí del clóset y que no quiero destetar todavía. Curiosamente, desde que lo hice, nadie más me ha vuelto a preguntar.
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