Columnas

El primer mes

whatsapp-image-2017-01-19-at-12-49-00Nada te prepara para el momento en que sales con tu guagua en brazos del hospital: ni los libros de maternidad, ni grupos en redes sociales, ni las historias de amigas o familiares. Nada. En mi caso, ni siquiera el hecho de que se tratara de mi segundo hijo; aunque sin duda fue porque la mayor ya tiene 13 años y la tuve cuando tenía 16.

Cuando salí de la habitación de la clínica con mi guagua, nos dejaron en la puerta y caminé al auto donde me esperaba estratégicamente mi compañero, en uno de esos días soleados pero muy fríos que siguen luego de las primeras lluvias de invierno. No se cómo explicar esa sensación de vulnerabilidad mientras llevaba a mi bebé en brazos, tan pequeño y yo tan frágil después de la cesárea.

El décimo mes, o el primero después del nacimiento, fue –a lo menos– difícil. Han pasado siete meses y aun no sé si puedo describirlo o explicarlo muy bien. Es una mezcla entre vivir el duelo por todo aquello que estás perdiendo, acostumbrarte a dormir a saltos, experimentar todo tipo de temores, conciliar nuevos roles en la familia, todo eso en un periodo de vulnerabilidad emocional y muchas veces también física. Recuerdo el día en que mi bebé cumplía una semana y su padre debió interrumpir las vacaciones que había tomado; lloramos y nos abrazamos en la cocina, él por tener que dejarnos y yo por quedarme sola con un recién nacido, cuando aún no me recuperaba.

También fueron días maravillosos de descubrimiento, de experimentar un nuevo amor en nuestras vidas, de recibir el cariño de un sinnúmero de personas, de reenamorarme de mi pareja al conocerlo como padre, de enternecerme profundamente con mi hija mayor y su rol de hermana y de conocer al nuevo integrante de la familia que comenzó a llenar todos los espacios y todos los tiempos en nuestro hogar y en nuestro corazón.

Por esos días sentí la necesidad de expresar lo que estaba viviendo y todo lo que eso me hacía sentir. Estaba ocurriendo algo tan grande en mi vida y sólo quería decirlo y sentirme escuchada. Me preguntaba si era la única que lo vivía así, por qué simplemente no podía disfrutarlo sin tanto temor o ¡en qué momento olvidé lo que significaba traer a un recién nacido al mundo! Por lo que agradecí cada uno de los mensajes y conversaciones que llegaron de forma espontánea por parte de mis amigas, hermana, mamá, primas y toda la red de mujeres que en este tiempo he podido construir y que ahora valoro más que nunca.

Para terminar la historia, ese día al subirme al auto, mi compañero lo había climatizado acogedoramente, mientras sonaba la lista de Spotify que día tras día le habíamos puesto a nuestro bebé en la guatita. Él se quedó dormido al instante, quizás creyendo por un minuto que volvía a estar ahí, y yo miraba a mi marido a través del espejo, agradecida y cómplice, por ese momento tan bello y esperanzador.

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