Columnas

Entender bien el apego

whatsapp-image-2017-01-23-at-13-09-45Por Graciela Oróstica, psicóloga

Mis primeros días de madre –en realidad, desde el embarazo– me rondaba la idea de no perder el objetivo de lograr un “buen apego”. Cuando llega a tus brazos ese conjunto de amor, llegan con él alegrías, temores y frustraciones; queremos hacerlo bien, pero sin duda es una aventura en una montaña rusa de emociones, que lo componen historias pasadas y presentes.

Pero el término ha sido utilizado sin tapujos ni límites para definir lo esperado de la crianza. Y la verdad es que me he encontrado con significados simplistas y equivocados, como asociarlo firmemente solo a la lactancia materna. Ayuda, pero no lo es todo. El apego está compuesto por dos factores: la sensibilidad de los cuidadores y por la sincronicidad con las necesidades del bebé. En el primero, no se trata de ser sensible emocionalmente, sino que seamos capaces de aprehender y responder a las señales, por ejemplo, si tiene frío o hambre ser sensible a esa necesidad y “aceptarla”. En cuanto a la sincronicidad, se trata de atender en el tiempo y espacio adecuados al bebé. Entonces, el concepto de apego es bastante más complejo y es evidente que muchas mamás nos asustemos por querer hacerlo todo y además tratar de seguir con la propia vida.

Los primeros meses con mi guagua, me las sufrí completamente. La evolución nos enseñó que la cría humana es una de las más dependientes al nacer, pero parece que eso, a la hora de criar, aconsejar o contener, no está muy claro. Cuando tu bebé llora, buscando tus brazos y tu mirada de una forma angustiada, los demás tienen la bendita frase: “no la acostumbres a los brazos”, “es muy mamón o mamona”, “que lloroncita”, o “solo quiere tus brazos y no los de los demás”. En fin, te quedas con esas frases mutilantes y te preguntas ¿será que lo estoy haciendo mal y debiera dejarlo más en el coche, o dejarlo en los brazos de otros, aunque llore, para que no me critiquen y acepten a mi bebé?

Este relato sucede mucho en variadas familias, y es crudo darse cuenta que los niños que se entregan fácilmente a los brazos de otras personas, que se quedan al cuidado de otros y no protestan son felicitados. Nuestra sociedad premia la autonomía, la competencia y la nulidad de las emociones y está criando niños autocontenidos, cuando, en realidad, esos niños se encuentran asustados y con un nivel de cortisol –la hormona del estrés– altísimo, ya que sus cuidadores premian la autonomía, no los brazos, menos un llanto por querer estar en el cobijo.

Me asusta que los niños deban aceptar a cualquiera sin protestar. El apego es una plataforma para la seguridad integral de cualquier niño. Si un extraño se me acerca yo grito, protesto y lloro. ¿Se imaginan si esto no existiera en el ser humano? Un niño o niña se entregaría a un lobo sin dar ninguna señal. ¡La verdadera función del apego de hecho es proteger a la cría! El apego se generó en los inicios de nuestra especie para prosperar, ya que el cazador estaba cerca y el bebe debía señalar a sus cuidadores que había una amenaza, frio, calor, hambre, entre otras.

Mi llamado es a no asustarse por el llanto de nuestros hijos e hijas frente a extraños o que quieran nuestra constante cercanía. Muy por el contrario. Demos gracias que nos busque, que quieran complicidad, que somos su referente. Sé que es agotador, porque tenemos que estar al pie del cañón, pero nos entregará seguridad a nosotros y a los pequeños. No nos castiguemos si no quiere estar con otros. Esta plataforma de seguridad para explorar llegara en los tiempos adecuados, pero primero debe ser (excesivamente) dependiente para pasar a la independencia, debe conocer un polo para querer probar el otro. No nos mutilemos con los comentarios simplistas y comparaciones con otros bebes. Después podrá despegar con seguridad.

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