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La llave que descubrí

Antes de ayer, a la hora de dormir, mi hija que ya tiene 1 año y 7 meses estaba HIPER activa, pero con sueño. Estábamos acostadas, con la luz apagada. Le canté, conté cuentos, dejé que gastara su energía recorriendo la cama o intentando jugar al caballito con el gato, volví a cantarle y nada. Tenía sueño, pero no podía dormir. “A veces las guaguas mañosean porque les cuesta conciliar el sueño”, me dijo mi sabia madre cuando mi hija tenía uno o dos meses de nacida, la mejor lección. Ayer era uno de esos días.

Entonces, la acurruqué junto a mí y muy intuitivamente comencé a hablarle de modo lento, calmado, susurrando, como cuando se entra a una meditación: “vamos a cerrar los ojitos… Vamos a respirar… Vamos a sentir cómo el cuerpo se relaja… Vamos a descansar, a dejar que nuestra mente y cuerpo descansen”. Listo. Se durmió en tres o cuatro minutos, lo juro. Pensé que había sido coincidencia, que simplemente ya había llegado el sueño. Pero ayer, al hacerla dormir, le conté un breve cuento y me fui directo al grano: voz de meditación, palabras de relajación. Listo, no me demoré más de 3 minutos. Fue bien impresionante.

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